Testigo de lo Profundo (CAPÍTULO 3)
Me desperté aquel día bastante tarde y sintiendo de nuevo ese insoportable zumbido en el oído. Consideré que quizá realmente se me había metido una ameba al cerebro y mi fin estaba cerca, el bicho devoraría mi cerebro y moriría en unas pocas semanas. Sin embargo, al darme un pequeño aseo a la orilla del río, el sonido se desvaneció.
No me tomé la molestia de tomar mi desayuno, pues ya era tarde (las once y media, me parecía) y había que ponerse en marcha. Distinguí en el aire el suave estallido de armas siendo disparadas, por lo que opté por armarme con mi arco y mis flechas además de mi hacha. Llegue a un puente (igual de abandonado que el mío) que juntaba a dos colinas, aunque sin ninguna clase de río por debajo. Decidí rodearlo, colocándome detrás de una camioneta abandonada a la que ya le faltaban las puertas y dos de sus cuatro llantas (y ni hablar de los cristales), ahí, miré cómo un novato se movía meticulosamente sobre el puente, mirando por debajo de él, siempre alerta, con un revolver en la mano. Preparé mi arco y le disparé en la cabeza, corriendo en su dirección para hacerme de su preciada arma (más que nada porque no quería armas de fuego entre mis camaradas, me parecían sucias y poco honorables en la batalla). Dejé mi arco debajo del asiento delantero de la camioneta para que no me estorbara y cuando llegué al hombre me puse su cinturón y enfundé el revolver en él, cuando escuché unos pasos que se dirigían hacia mi.
Otro novato, compañero del que había matado seguramente, escalaba por el borde de la colina para montarse en el puente. Tenía entre sus manos un rifle de asalto por lo que, sin darme tiempo de tomar el revolver, me vi forzada en arrojar el hacha hacia su pecho. El muchacho cayó al suelo de inmediato, pero el muy condenado dejo salir un disparo de su rifle en el movimiento. Ahora todo mundo en la zona conocía mi ubicación.
Me eché a correr para salir de ahí, pero en el camino vislumbré a la distancia un grupo de unos quince hombres (a algunos los reconocía por las noches de la posada) mirándome y saliendo en mi persecución. Tuve que desviarme del lugar de donde estaba la camioneta abandonada, dejando ahí mi arco y mis flechas, escabulléndome por un camino de adoquines que descendía entre las colinas, conduciéndome a una especie de jardín oculto, rodeado por vallas de madera podrida y columnas de piedra despedazadas. Sentí el movimiento de una bala zumbar detrás de mí y oí dos más impactar contra las columnas. Giré por un pasadizo y, de repente, tropecé con Dennis. Traía su martillo ensangrentado y una suave cortada sobre la frente.
—Necesito tu ayuda —le dije.
—¿Cuándo no? —me respondió él.
—Esto es en serio, Dennis. Me están siguiendo unos quince hombres con armas de fuego y creo que he matado a dos de sus compañeros.
—¡Uy! ¡Sí que te has metido en líos esta vez!
—¡Dennis! ¡Ayúdame, desgraciado!
—Vale, vale. ¿Pero qué quieres que haga?
—Necesito que los distraigas mientras yo consigo mi arco y mis flechas para vencerles.
—Un arco y unas flechas no podrán hacer mucho contra armas de fuego, mujer.
—¿Tienes una mejor idea?
—De hecho, sí. La tengo. ¿Ves este camino en el que estamos? Si lo seguimos llegaremos a una granja abandonada que descubrí hace unos días. Unos chicos han dejado un arsenal entero ahí, un buen arsenal. ¿Entiendes? Con ametralladoras, fusiles, revólveres y toda la onda. Vamos hacia allá mejor.
Pues sí, el viejo Dennis tenía una mejor idea que la mía, no había que negarlo y, de paso, se me agotaban las opciones. Ya se podían oír los pasos del enemigo acercándose, gritando salvajemente que me matarían, cocinarían y demás. Asentí con la cabeza y seguí a Dennis por el pasillo cubierto de adoquines que colindaba con el jardín oculto en el instante en el que nuestros perseguidores iban detrás de nosotros, disparando y aullando.
Nos escabullimos con velocidad, pasando entre árboles y sus follajes que impedían el paso del sol. Por un momento pude ver la silueta de un ratón de bosque. ¿Sabían, mis aliados lectores, que aquel ratón era de mis animales favoritos? Los había por todos lados, pero habían aprendido a ser silenciosos y pasar desapercibidos, con el fin de huir y despistar a sus depredadores. ¿No encuentran un dulce parentesco entre nosotros y ellos? Con sus dientecillos roían la carne de los muertos en la zona de caza, junto con los cuervos, las moscas y las larvas eran los encargados de limpiar toda la porquería que dejábamos. Y siempre estaban ahí, mirando atentamente, sin perderse ningún detalle de la rutina diaria.
Bueno, llegué con Dennis a una casa granjera donde ya ni siquiera quedaban señales de cultivos, pues había crecido una densa maleza a su alrededor y las vallas que solían rodear los graneros y proteger el terreno estaban hechas añicos. Por suerte, Dennis había encontrado un corredor hecho con losas de piedra colocadas por algún muchacho anónimo para llegar al interior con velocidad. Ahí adentro olía a estiércol, madera podrida y húmeda y un suave hedor que me recordaba de forma disgústente a las calles de La Ciudad. Pero no había tiempo para evocar memorias perdidas, Dennis abrió un compartimiento subterráneo y de ahí sacó una ametralladora automática que apoyó contra el alféizar de una de las ventanas, apuntando hacia el exterior, a la espera de que se apareciera el enemigo. Yo opté por quedarme con el revólver, reitero que las armas de fuego me parecían trampa por aquel entonces; de hecho me imaginaba a mí misma quemando todo aquel lugar una vez que todo aquello hubiera terminado.
Y entonces, llegaron, mis aliados lectores, llegaron los sujetos polvorientos que iban en pos de mí. La ametralladora de Dennis por seguro les tomó por sorpresa, pues uno a uno, como fichas de dominó, empezaron a caer. Yo apenas tuve que mover un dedo con mi revólver. No quedaron muchos de esa primera oleada de disparos, unos cinco o siete más o menos. Dennis se encargó de rematarlos con un rifle, hasta que la granja estuvo rodeada de cadáveres y ríos de sangre de un intenso tono carmín que relucía por un sol que ya auguraba un atardecer.
—Estás en deuda conmigo, Hannah —me dijo Dennis—. No sé por cuánto tiempo podamos mantener esta alianza.
—Sí, sí, lo que digas, hombre.
Y caminé de vuelta a casa, olvidándome de prenderle fuego a la casa granjera. Como bien asumía, ya estaba empezando a atardecer. No me sentía con ganas de ir hacia la posada (en realidad, y como ya habrán imaginado, no todos la visitaban con cada noche que transcurría, aunque estuvieran vivos), así que seguí mi camino para llegar al puente. Sin embargo, algo me hizo detenerme de repente aquella vez. Un zumbido, el zumbido que no cesaba de acecharme; pero en esa ocasión lo sentía distinto, se dejaba oír a la distancia, lejano y con una tonalidad mucho más grave. Miré en rededor y vislumbré algo a contra luz del sol, un transporte militar que se movía impulsado por seis ruedas gigantescas; en su cima sobresalía un devastador cañón que giraba como si su punta vigilara todo lo que le rodeaba.
Entonces corrí, camaradas. Corrí lejos de ahí, presa del pánico. ¿Habían llegado finalmente los militares a nuestro santuario sagrado? ¿O algún psicópata había logrado traer un tanque? Ambas ideas me resultaban escalofriantes.
Comentarios
Publicar un comentario