Testigo de lo Profundo (CAPÍTULO 2)

 Bueno, resulta que Dennis se cargó al guitarrista usando su martillo, como casi siempre lo hacía. Una lástima, esperaba que pudiera acompañarnos en el asalto. Los asaltos en la carretera, representaban, en su mayoría, un momento de tregua para todos los que estaban en el territorio del lago Achís, pues había que conseguir bebida y agua para la posada, y la posada era la zona segura y libre de violencia en todo ese lugar. Pero eso no quitaba que se podían cometer asesinatos previos a comenzar la encrucijada. 

Pero bueno, eso era lo de menos en este momento. Había que prepararse para asaltar. Me di la oportunidad de desayunar dos pescados y, cuando dieron las nueve y media, salí rumba a la posada para reunirme con mis camaradas, había nuevos rostros entre ellos, hombres y mujeres que habían abandonado La Ciudad y sus falsas esperanzas de una vida agradable para internarse en lo salvaje. Cada día llegaban unos cinco o seis, a veces en grupos y en ocasiones por cuenta propia. Podía ver en sus rostros que aquellos habían llegado en manada, pues conversaban desesperadamente sobre un amigo suyo, portador de una katana, que había sido aniquilado brutalmente en el primer instante en el que lo perdieron de vista. 

—¡Acostúmbrense, camaradas! —les dijo Dennis—. La muerte es algo que ocurre todos los días. Hoy yo he matado a alguien que solía recurrir la posada y nadie me ha dicho nada. A nadie le importa. 

Recordaba la forma en la que había llegado ahí. Había abandonado La Ciudad tras días de pasar hambre, frío y soledad en sus sucias y malolientes calles, sin ningún centavo en los bolsillos y acechada constantemente por hombres asquerosos. Me enteré de la existencia del Lago Achís por un barrendero que me contó que un primo suyo había venido a parar aquí para después volver a La Ciudad, luego volviendo a los terrenos del lago para ya jamás volver. Me dijo que, según su primo, ahí se vivía una vida repleta de adrenalina, sangre, caos y salvajismo, cualquiera era libre de matar a quien quisiera y los animales abundaban por doquier. Nunca faltaba alimento y existía una considerable cantidad de granjas, capillas y demás construcciones abandonadas para establecer un refugio. 

—¿En serio puede existir un lugar así? —le había preguntado al barrendero. 

—¡Oh, sí! No es un lugar que aparezca en los mapas por alguna extraña razón. Nadie sabe por qué, cómo y cuando las personas que habitaron aquella zona decidieron marcharse, dejándolo todo de un día para el otro. Ahí van los desamparados de este mundo citadino, para vivir una vida mejor. Si buscas bien entre los camioneros quizá encuentres a alguien que te pueda llevar. 

A partir de aquella conversación, dediqué día y noche en hallar algún fiel camarada que me pudiera llevar a ese sitio. En un mundo oscuro y de podredumbre jamás es difícil encontrar a un loco que conozca sobre esos asuntos, por lo que no tardé en llegar a Achis, montado en la parte trasera de un camión de carga, con tan solo una navaja oxidada, que había encontrado tirada por ahí, en el bolsillo. 

—Bueno… —dijo de repente un hombre en la posada—. ¡Será mejor que nos pongamos en marcha! ¡Hay que ir por nuestro botín!

Se soltaron gritos de aprobación y los recién llegados parecieron olvidar a su amigo muerto, pues nos acompañaron bien gustosos hacia la carretera. Desde la orilla del asfalto no se apreciaba con claridad toda la tierra que conformaba la zona de caza, pues era obstruida por grandes cantidades de piedras filosas, ramas y árboles frondosos. Parecía ser que el Lago Achís y todo lo que lo rodeaba hacía el esfuerzo natural de mantenerse oculto del ojo público.

Nos quedamos ahí durante tres horas, a la espera de que se atravesara algún transporte con cargamento valioso. En cuanto se apareció el primero, el cual contenía en su cargamento refrescos y agua, nos pusimos en marcha. Quizá no era alcohol, pero unos buenos refrescos nunca estaban de más en la posada. Se comenzó por hacer estallar sus llantas; aquellos que tenían la mejor puntería con el arco y la flecha se encargaron de ello. Una vez que el camión se hubo detenido, impactando contra una gran roca por el brusco movimiento que provocó que le tronaran las ruedas, el resto de la manada se encaminó hacia el vehículo. Los camioneros salieron de él despavoridos, yo pude haberles dado cuello, pero cinco camaradas ya se me habían adelantado. 

Cuando la zona estuvo despejada, empezamos a descargar el camión, usamos cajas de madera y otros recipientes para poder quedarnos con la mayor cantidad de botín que nos fuera posible. Terminamos cuando ya caía el sol y tuvimos suerte, pues no se presentaron más vehículos aquel día, casi siempre resultaba una inquietud en el momento del asalto saber que algún auto o camioneta se podría pasar por ahí revelar nuestra bella sociedad a los militares. 

Y bueno, regresamos justo a la hora para tomar en la posada. Nos hidratamos muy bien y, cuando dieron las cuatro de la mañana, comenzamos a despedirnos. Empezaba un lunes caluroso y había que descansar para sobrevivir a la rutina. 


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