Testigo de lo Profundo (CAPÍTULO 1)

 Detrás del lago Achís, donde ni siquiera la luz del sol llegaba (creo que ni siquiera Dios llegaba a apreciar aquel sitio e iluminarlo con su eterna bondad), estábamos nosotros. Los chicos noctámbulos, abatidos tras copas y rondas de barajas; un viejo, sentado sobre un catre, tocaba la guitarra, pero la verdad es que nadie le prestaba atención. Algunos otros tenían sus armas entre manos, jamás se apartaban de ellas, como si fueran del ejército, aunque no vestían uniformes o trajes especiales, unas zapatillas corrientes y sacos de segunda mano eran suficientes. Ahí, al fondo de la estancia, estaba yo, o sea, Hannah, con los ojos llorosos y un suave zumbido en mis oídos del que no había logrado liberarme durante toda la velada.

Me levanté de golpe de mi sofá, al que ya se le había salido casi todo el relleno, y solté un suspiro de enfado, acomodándome la camisa y tomando mi hacha de mano, lista para partir a casa, pateando algunas botellas que obstruían mi camino. Mi hacha de mano la había conseguido de un anciano parlanchín al que, me parece, había logrado vencer usando solo una navaja desafilada y oxidada. Consistía de un extraño y dulce placer tener armas de ese estilo, sin filo, llenas de óxido; uno llega a sentirse portador de un cuchillo envenenado que, sin bien no es mortal con su hoja, podría meter cientos de enfermedades en la sangre de un rival, matándolo lenta y dolorosamente. Recuerdo que una vez me topé con un perro rabioso y había pensado matarle con mi navaja para poder pegarle la rabia a quien sea que matara, pero comprendí (y me había tardado en hacerlo) que en ocasiones es mejor no afectar al resto y dejarle ser, pues la supervivencia de los demás es la supervivencia de uno mismo. Bueno, eso hasta cierto punto. Por aquel entonces me parecía que el límite dentro de lo salvaje de las Cacerías era precisamente eso, causar una epidemia de rabia a propósito, sabiendo que también se terminará contagiada tarde o temprano. Miré al perro rabioso, con espuma colgándole del hocico y una mirada vampiresa; simulé que tomaba una piedra del suelo (juro que fue una actuación muy dulce, incluso capaz de engañar a un humano) y la lancé contra el canino, a quien jamás volví a ver. 

Mientras me dirigía a la salida de la posada, Dennis, un antiguo compañero, de más o menos mi edad, con quien había hecho alianza múltiples veces, aunque jurando que al final nos mataríamos (jamás lo hicimos), me detuvo diciendo con voz ronca: 

—¿Ya te vas? 

—Sí —respondí—. Hasta mañana. 

—¿Tan temprano?

—Hombre, son las cinco y media de la mañana.

—Siempre te quedas hasta las siete.

—Eso son los viernes, cuando durante las mañanas del sábado todo mundo prefiere descansar en lugar de salir a cazar. 

—Hoy es viernes, mujer. 

—Ah, bueno. Pues verás que tengo un zumbido muy raro en el oído, no me lo he podido quitar en toda la noche. Es mejor ir a dormir, creo yo. 

—Quizá se te metió una ameba. 

—Sí, quizá. Hasta mañana, Dennis.

Y partí sin darle espacio a que me respondiera. El cielo ya comenzaba a volverse azul y los pájaros tempraneros (desconocía si todos los pájaros madrugaban) cantaban junto al murmullo del agua del lago. Caminé junto a la orilla, con el hacha sobre el hombro, mascando un chicle que me había encontrado tirado por ahí. Muchos morían por hacer eso, se encontraban comida masticada y se les pegaba una enfermedad rara, pero creo que siempre tuve suerte en ese aspecto. Jamás me sentí enferma o asqueada y, además, mi humilde morada me daba todo lo que necesitaba. Vivía debajo de un puente que había quedado en desuso hace tiempo, por donde pasaba un río límpio y repleto de buenos pescados. Llegué ahí como a las seis y media y me acosté sobre la tierra, con la espalda reclinada sobre la columna del puente. Tenía hambre, pero ya cazaría un pescado más al rato. Prendí un poco de fuego sobre mi cubierta metálica personal, me abrigué con las cobijas harapientas que me quedaban y pude dormir en calma por un buen rato, abrazando mi bella hacha. 

Aunque me gustaba mi navaja, recuerdo que cuando maté a aquel anciano el hacha había despertado algo en mí. Curiosidad, se le podría llamar. La forma de media luna de la cuchilla era algo nuevo para mí y, además, no tenía óxido y estaba afilada. Decidí quedaría, abandonado de inmediato mi vieja navaja. La nueva arma que había adquirido resultó ser todavía más práctica, formaba en balance perfecto entre el movimiento de mi brazo y el impacto de un golpe, además de ser más fácil de clavar y tendía a confundir al adversario. La mayoría usaba estacas, navajas, cuchillos y machetes; la forma del hacha, si era bien utilizada, daba una ventaja sorprendente contra todas esas armas. 

Desperté por ahí de la diez y media y entonces decidí que era momento de ponerse en marcha. Desayuné el pescado que me había prometido y, con el hacha en mano, partí hacia los alrededores. Subiendo por una escalinata de piedra llegué a la cima de mi puente, el pavimento conducía hacia un frondoso bosque y decidí que aquel sitio podía ser un buen lugar para comenzar. Me moví entre los troncos con gran agilidad y vislumbré a un hombre en el centro de un claro. Un novato, seguramente; siempre había novatas, cada día llegaban más personas a los terrenos del lago Achís. Se tenía la insoportable filosofía de dejar a los novatos sobrevivir unos días y recibirles en la posada con gratitud, hasta que estuvieran mejor armados y alimentados, así uno podría hacerles frente con mayor dificultad y, además, dejaría que no se terminaran las personas tan rápido (ya había sucedido una vez, hacía unos cinco años, en los que tan solo quedamos diez personas. Fue la única vez en la que una tregua duró más de una semana, hasta que llegaron más neófitos. Sufrí durante esos días). Pero yo no toleraba esa “regla” y siempre que veía un novato me lo cargaba, aquella no sería la excepción.

El hombre devoraba lo que parecía el cuerpo inerte de un alce, mirando en rededor de vez en cuando. Pero yo me escondí bien y no me vio llegar cuando me abalancé sobre él con él hacha. Si bien no me vio llegar, me atrevería a decir que me sintió de alguna forma; logró esquivar mi golpe (jamás había visto unos reflejos de esa magnitud) y desenfundó una katana. ¡Una jodida katana! 

Era morir o vencer, ambas opciones no me desagradaban en lo absoluto. Le ataqué de nuevo, y él bloqueó mi golpe con la espada, movimiento que repitió constantemente, moviéndose con velocidad ante mis frenéticos ataques. No tardé mucho en hallar su punto débil, el muy imbécil atacaba siempre usando el filo de la hoja. ¿Es que no le habían dicho que en la cacería debes de poder usar cualquier parte del arma que uses? Lo contrario, era una muerte asegurada. Fue como cortar madera, en uno de sus veloces movimientos vislumbre el borde plano de la katana y aproveché mi oportunidad; lancé mi hacha contra ella, partiéndola en pedazos, y rematé utilizando su contraparte para golpear al hombre en la cabeza. El cayó al suelo, descalabrado y agonizante. Decidí terminar con él lo más rápido posible, un corte en el cuello fue lo único que necesité. 

Hice nota mental de advertirle a mis camaradas de la posada que tuvieran cuidado con los hombres que portaran katanas y que apuntaran hacia el borde de la misma si se llegaban a topar con uno. Después, aburrida por la breve cacería, emprendí la marcha hacia una laguna que había cerca de ahí.  Durante el camino me topé con una mujer a quien le habían roto la cara a puro golpe de palos. Sentí lástima por ella. Y cuando llegué a la laguna vi a u joven aventar piedras y palos al agua. Había un comportamiento extraño en los hombres relacionado los palos y piedras, en repetidas ocasiones uno los podía ver cargando con una rama sin ningún propósito en concreto, tan solo blandiéndola de un lado a otro como un ciego y, claro, también estaban los que lanzaban rocas al agua, como el joven que tenía delante de mí. Suponía que les hacía recordar a su infancia, cuando cualquier cosa les sorprende y les causa placer, aunque sea juntar palitos y aventar piedras. Me dio ternura y decidí alejarme de ahí. 

No cacé nada más durante el resto del día, me cansé y me fui a dormir hasta que cayó la noche. Fue momento entonces de ir hacia la posada. Llegué un poco tarde, ahí ya estaban reunidos el viejo de la guitarra, Dennis y otros cinco hombres. 

—Cada día llegan más novatos —señaló uno de ellos—. Quizá sea buena idea ir hacia la carretera, no podemos quedamos sin suministros en la posada.

—¡Correcto! —respondió otro—. Mañana podría ser un buen día. Será domingo y no hay policía como en otros días, pero sí varios camiones de carga. 

—Ea —señalé yo, haciendo mi aportación a la plática—. Es buena idea, ya hacen falta botellas y agua. La posada no se puede mantener así sin ellas. 

—¡Genial! —dijo el hombre de la guitarra—. Entonces a las diez de la mañana de mañana nos vemos en la carretera. Hagan correr la voz si se despiertan temprano. ¿Les parece bien?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! 

El viejo de la guitarra no duró mucho tiempo, horas antes de que saliéramos hacia la carretera me dijeron que lo habían matado mientras dormía. De hecho, fue Dennis quien lo mató y, también de hecho, se quedó con su guitarra.


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