Lo Olvidado en el Espacio




Ya mi nave llevaba varias décadas andando por el Universo. Algo extraño, poderoso y colosal había sucedido recientemente en él, afectando sus galaxias, estrellas y planetas. Podría decirse que un desenfrenado y furioso caos se había desatado en los años más recientes, provocando la destrucción de múltiples astros y sitios cósmicos que en un principio aparentaban ser indestructibles. 

A donde iban a parar aquellos fragmentos de espacio destruido era hacia donde mi nave se dirigía: El Espacio Olvidado. Había escuchado los relatos sobre aquel lugar, uno remoto e inhóspito, donde los pedazos de cada constelación o estrella destruida se fusionaban  sobre una extensa superficie. Daba la sensación de tratarse de un vertedero de todo aquello que el Universo había desechado, ya sea por causas naturales o por el misterioso caos que rondaba en el espacio. 

Y ahí mi nave continuaba su rumbo, atravesando aquel lugar cuya geografía me es difícil de explicar. Veía en mi entorno un valle de montañas que poseía un aspecto áureo azulado, en algunas ocasiones sobrevolaba por llanuras sin rastro de desperdicio espacial y en otras encontraba grandes montículos de una mezcla extraña y poco natural de polvos de estrella y nebulosas, basura orgánica y pedazos de objetos espaciales humanos. A veces incluso vislumbraba el colosal y majestuoso gajo de un planeta destruido, acompañado por grandes estructuras de lo que alguna vez solían ser estaciones espaciales. 

Era un lugar que se encontraba en las menores prioridades de un humano para realizar visitas. La sociedad reinante en el Universo preferiría atravesar quinientas galaxias antes de poner pie sobre el Espacio Olvidado. Era tal su poca importancia que en algunas rutas o mapas galácticos se ignoraba su presencia, lo que desembocaba que  en ciertas ocasiones algún viajero se perdiese por ahí. 

¿Qué hacía yo entonces ahí con mi nave? Si nadie era el que viajaba a aquellas tierras, ¿por qué a mí me había nacido el deseo de explorarlas? Quizá se debía a una especie de instinto que me había conllevado a aquel lugar, porque desconocía la razón por la que me había internado en él. Pero las fuerzas del Espacio Desconocido ejercían un poderoso llamado en mis sensaciones, uno que era incapaz de ignorar. 

No eran voces las que suplicaban mi encuentro con el llamado, ni siquiera parecía asemejarse a un sonido comprensible, consistía más bien en un sentimiento mío olvidado que había ido a parar ahí, buscándome mediante pulsaciones que ejercía sobre mi alma. Era un sentimiento de perdida de identidad. Reconocía que algo vivo existía en el Espacio Olvidado a pesar de no tener pruebas de ello, mi instinto cósmico me lo hacía saber, obligándome a sentir un deseo de saciar mi curiosidad por aquel terreno, el cual ya me encontraba por explorar. 

Mi nave aterrizó sobre una de las llanuras salpicada por algunos polvos de estrella y fragmentos que se movían como delicados copos de polvo arrastrados por el aire. Descendí fuera de ella, en el exterior el aire era respirable aunque rebosante de un oxidado olor metálico. 

Veía en la lontananza algunos montes azulados y, si miraba con mayor concentración en el lejano cielo estrellado, podía encontrar algunos pedazos provenientes de galaxias lejanas que caían como lluvia sobre la superficie del Espacio Olvidado. 

Cargando no más que una mochila y un arma de balas láser, me encaminé hacia un rumbo desconocido, quizá jamás explorado por el humano actual. Pocos segundos después vería que no me encontraba sola, el Mago vino hacia mí en un momento espontáneo. En un inicio vi su silueta caminando hacia mí, hasta que se presentó, cargaba una alargada varita y vestía ropas simples de viajero espacial. Su aspecto parecía bien cuidado a pesar de encontrarse en un lugar de extrema desolación. 

—Hola, te estaba esperando. Yo soy el Mago.  Sígueme, por favor —no me extraño, por alguna razón, que aquel personaje me estuviese esperando, quizá formaba parte de mi necesidad por hallar mi sentimiento perdido en aquel lugar. 

Lo seguí atravesando pasadizos escondidos por debajo de la superficie que habían sido formados por la constante presión de algunos objetos sobre la tierra, funcionaban como una especie de conexión de cavernas que conducían a diferentes zonas del Espacio Olvidado. 

Después de una hora de viaje comencé a aburrirme, desesperada en conocer lo que hacia el Mago me conducía. Por primera vez durante mi viaje me dispuse a realizar una pregunta: 

—Disculpe, Mago, ¿a dónde me lleva usted? 

—Iremos con el Guerrero. Vive en una montaña, ya estamos cerca. 

—No sabía que había más humanos por estas zonas. 

El Mago me vio con una mirada desconcertada. 

—¿No lo sabías? —me preguntó. 

—No —respondí. 

—Interesante. Conocerás más dentro de poco. Nuestro objetivo final es el Castillo de la Ruina, ahí encontraremos al resto de la humanidad de este lugar del Universo.

—Supongo que todos ustedes son viajeros perdidos. Escuché que este lugar no era bien considerado en algunos mapas, por lo que muchos se terminan perdiendo en él al topárselo. 

El Mago no respondió, se limitó a soltar una risa traviesa y extraña. 

Continuamos andando por debajo de la superficie hasta que ascendimos hacia la ladera de la montaña mencionada por el Mago. Subimos una escalinata que la rodeaba, llegando poco después a un extremo de donde sobresalía una pequeña casa de piedra cuya luz de hoguera iluminaba sus ventanas. El Mago tocó la puerta y el Guerrero abrió al instante, casi no llevaba prendas más que unos pantalones y algunas piezas de armadura que traía colgadas en sus piernas y pecho. 

—Ah, eres tú —dijo el Guerrero—. Pasen, pasen. Siéntanse cómodos. 

Entramos en el vestíbulo mientras el Guerrero continuaba hablando: 

—Vi uno en una montaña cercana, creo que viene hacia aquí.

—Lo atraparemos cuando llegue —respondió el Mago. 

—Parece ser que es muy habilidoso. 

—Disculpen —dije yo—, pero, ¿de quién están hablando? 

Los hombres cruzaron sus miradas durante un instante, como si tuviesen una duda creciente en sus mentes. 

—Es un Encapuchado —explicó el guerrero—. Son… seres que vagan por estos lugares, seres peligrosos. Rápido, debemos prepararnos para su llegada. 

—Tengo un arma de balas láser —dije esperando poder ser de ayuda. 

—Nos servirá —respondió el Mago. 

Permanecimos en el vestíbulo bajo la luz bermeja de la chimenea, desde el exterior no llegaba murmullo alguno, sin embargo yo percibía una extraña presencia avecinándose; era poderosa en mi interior, como si fuese perteneciente a ese sentimiento o fuerza perdida que se había desprendido de mi alma. 

De pronto se escucharon las pisadas, provenían de afuera. El Guerrero desenvainó una alargada y delgada espada mientras la puerta era golpeada con fuerza hasta ser derribada, frente a nosotros se encontró un hombre vestido en túnica y cubierto por una capucha que hacía indistinguible su rostro. En el vestíbulo se desató un feroz duelo entre nosotros tres y el humano misterioso, quien nos combatió usando una daga con habilidad. El Mago lanzaba humaredas calientes, mientras que el Guerrero soltaba estocadas y yo intentaba apuntar con mi arma de balas láser. 

En un instante el hombre se aproximó velozmente hacia mí, pude percibir que en su aliento se evocaba esa sensación que me había traído al remoto mundo de las cosas perdidas. Fue un breve instante, aunque bastó para poder encontrar cierto parentesco con él. Antes de que pudiera ejercer un nuevo movimiento disparé mi arma, acertando en un lugar cercano a su pecho y abdomen. 

El Encapuchado huyó despavorido, esquivando los golpes de espada del Guerrero. 

—Está herido, pero creo que sobrevivirá —dijo este. 

—Vayamos al Castillo de la Ruina de una vez —respondió el Mago—. Después nos encargaremos. 

Retomamos entonces nuestro camino sobre las llanuras y valles del Espacio Perdido, pasando en ocasiones bajo las lluvias de fragmentos cósmicos que caían, o tropezando con grandes montículos de pedazos de materiales desconocidos. Vislumbré en el cielo un conjunto de anillos de asteroides, tres en total, cuyo planeta aparentemente se había apartado de ellos, flotaba entre galaxias destruidas y núcleos de planetas hirvientes por su magma, teniendo debajo una edificación de tamaño monstruoso. Era aquel Castillo de la Ruina que había mencionado en un inicio el Mago, aunque parecía más una ciudadela que se extendía por kilómetros, superando el tamaño de millones de planetas de los que tengo conocimiento. Era tal su tamaño que mi vista no lograba abarcarlo a su totalidad, pero reconocía su estilo gótico y tétrico. 

Entramos por un gran portón de la altura de una montaña, caminando por un amplio pasillo que podría recorrer de ida y vuelta la circunferencia del antiguo planeta Venus. Comencé a escuchar un retumbante coro de voces en protesta, como si estuviesen celebrando o quejándose sobre un gran acontecimiento. Entramos en un enorme estadio, donde en cada extremo de las gradas coexistían billones de personas, hombres y mujeres que gritaban con furia. 

El Mago y el Guerrero es posicionaron en dos asientos en el centro del lugar, dejándome a mí a unos metros apartados de ellos. Me miraban con unos ojos extraños, como si estuviesen juzgando mis pensamientos los cuales no eran demasiados. Era claro que me desconcertaba aquel escenario, pero mi curiosidad todavía no había sido saciada, debía continuar con mi misión de hallar aquel sentimiento olvidado. 

—¿Cuál es su nombre? —la voz del Mago resonó con fuerza e imponencia, obligando al gentío a callar. 

—Me llamo Elena, de la Galaxia 2567 —respondí con sinceridad. 

—¡Elena de la Galaxia 2567! —dijo el Guerrero—. Se le juzga por actos cometidos contra la humanidad, muertes y tragedias, destrucción y caos. Se le juzga ante este tribunal de más de treinta y cuatro billones de personas para que confiese sus actos de crueldad. ¿Cómo se declara, Elena de la Galaxia 2567? 

En aquel instante un instinto natural me indicó que algo no encajaba en ello. ¿Me juzgaban? ¿Con qué razón o evidencias lo hacían? ¿Quiénes eran aquellas personas con las que me había topado? 

—¡El Jurado no acepta el silencio como respuesta! —gritó el Mago. 

—¡Inocente! ¡Me declaro inocente! 

—El Jurado no acepta su respuesta —volvió a decir el Mago—. Se presentarán en este momento evidencias de sus actos.

Ante mi mirada una especie de espejismo se presentó en forma de pantalla. En el primer segundo de su reproducción pude percatarme de actos terribles en él, actos inhumanos y nauseabundos que me obligaron a apartarme y correr hacia la salida. Logré escapar del estadio, pero no decidí tomar el camino de vuelta al gran portón, la emoción que guiaba mis impulsos se hallaba cada vez más próxima, la percibía entre los colosales muros de aquel castillo. Decidí perseguirla, descendiendo a un nivel inferior del Castillo de la Ruina, en él una gran bóveda se apareció, se encontraba cerrada, pero podía percibir mi sentimiento escondido detrás de ella, sentía en mis venas recorrer un poder inefable que un humano corriente jamás podría albergar. Era la fusión de cualquier fuerza o energía perteneciente al Universo, todo almacenado detrás de la bóveda. 

—Eres Dios —dijo una voz detrás de mí. Al volverme me encontré con el Mago—. Eres Dios y lo has olvidado. 

Yo ya no comprendía ninguna de sus palabras. 

—¿Me estás bromeando? Porque no es gracioso.

—No, no te estoy bromeando. Eres Dios y lo has olvidado, la humanidad se ha apoderado de ti. 

—Las imágenes que estaban en esa pantalla… Eran la destrucción que ha habido recientemente en el Universo. ¿En serio crees que yo, un simple humano, puede causar tal caos? 

—No eres la causa principal de este desbalance en el cosmos, eres una de las muchas razones. Viniste aquí a perseguir la gracia que has perdido después de que el humano se apoderara de ti. La puedes sentir, ¿verdad? Se encuentra detrás de esa bóveda. 

Miré a la bóveda con añoranza. 

—Eres Dios —continuó el Mago—. Creador del mismo Universo, de la antigua Tierra y sus planetas vecinos. Provocaste caos en la Tierra una vez, pero no te limitaste a ello, has maldecido a la humanidad durante eones y para ocultar tu culpa te has escondido bajo la gruesa capa de la humanidad. 

—No tengo idea de lo que hablas. 

—Has venido por tu gracia de Dios perdida que nosotros hemos encontrado y atesorado, ahora te juzgaremos por tus irracionalidades hacia el hombre. Tú, que todo lo controlas, has puesto en jaque al ser humano, y ni siquiera fuiste piadosa de ello. Serás juzgada, quieras o no. 

Yo negué con la cabeza, intentando deshacerme de aquella idea de ser una deidad de poder olvidado. Antes de que pudiera acercarme todavía más hacia la bóveda, el Mago me atacó utilizando sus humaredas que me impulsaron a un extremo opuesto del lugar. Intenté contraatacar utilizando mi arma, pero fue inútil, el hombre era poderoso y me superaba en habilidad. 

Me tenía debilitada cuando una idea esperanzadora cruzó en mis pensamientos. Entonces hablé: 

—Qué… ¿Qué quieren que haga? Si… Si soy Dios como tú dices, ¿por qué no me dejan ayudarles por una vez? 

El Mago me miró con duda durante un instante, sonriendo poco después a causa de mi respuesta. 

—Tendrías que recuperar tu fuerza para ello. No hay trato. 

—¡Por favor! ¡Se lo suplico! 

El Mago miró a través de mis ojos, comprendiendo la desesperación en la que me encontraba. Finalmente accedió a otorgarme parte de mi fuerza perdida, jamás me había sentido tan vigorosa como en los instantes en los que ayudé a esta humanidad abandonada en la construcción de una nave que los regresaría al espacio.

Durante aquella construcción vi en ocasiones al hombre Encapuchado con el que nos habíamos encontrado en la vivienda del Guerrero. Se limitaba a mirarme, como si estuviese esperando algo a cambio de mí. Yo no tenía intención de responder, por lo que me limitaba a continuar con mi trabajo divino del que me costaba creer que en realidad fuese yo creadora. El hecho de haber perdido mi personalidad de Dios tras una humanidad adquirida me estremecía, veía el caos provocado en el Universo y el hombre como pecados míos cometidos. Yo era la culpable, en cierto modo, del desbalance en el cosmos, pero por fortuna mi poder había sido resguardado con cuidado por aquella humanidad que vivía en el Espacio Perdido. 

De haber sido una mujer de alma e intenciones malvadas posiblemente me habría visto corrompida por el poder que había adquirido, abusando de él a mi beneficio ocasionando más estragos de los que ya había. Sin embargo consideraba que el bien y el mal habían sido simples perspectivas adquiridas en mi identidad humana, porque siendo una deidad mis conocimientos y ética se hallaban fuera de la comprensión del hombre. 

El día en que la nave finalizó su construcción hubo una alerta en el Castillo de la Ruina. El transporte ya comenzaba a alzarse sobre el cielo, llevándose con él a la humanidad. La bóveda había permanecido en el nivel inferior del castillo y se me había prometido su contenido al haber cumplido mi deber con el hombre, ahí era donde el intruso Encapuchado se dirigía. Lo perseguí mientras la nave continuaba ascendiendo, pero llegué tarde. El Encapuchado ya había abierto la bóveda, armándose del monstruoso poder que almacenaba. 

Se desató al instante un duelo entre ambos que pudo ser visto desde la perspectiva de la nave como una lucha celestial. Mi conexión con aquel Encapuchado incrementaba, casi sentía una especie de lazo que unía nuestros cuerpos. Después de varios golpes logré tener su cuello entre mis manos, en el acto su capucha resbaló de su cabeza, revelando su rostro. Al inicio fue difícil distinguirlo, pero pronto tuve la certeza de que aquel hombre era en realidad una mujer, y que aquella mujer no era más que yo misma. Mismo tono de piel, color de cabello, formas de ojos, nariz y boca. ¡Era otro dios! 

—¡Imbécil! —exclamó ella con esfuerzo, pues yo la apretaba con una tremenda fuerza—. ¡Has liberado a los muertos! 

Y entonces, con aquellas escalofriantes palabras, lo comprendí. Aquella humanidad, a la que anteriormente había condenado a vivir en el Espacio Olvidado, eran seres ya podridos en el inframundo desde hace años, con sed de venganza por su Dios que los había castigado. Y nosotras, viajeras espaciales que habíamos llegado a recuperar nuestras fuerzas perdidas, consistíamos en dioses muertos. Aunque quizá hablar de que éramos diferentes dioses sería poco adecuado, porque éramos semejantes, por no decir iguales.

—¿Quiénes somos realmente? —le pregunté a mi gemela, soltando su cuello. 

—Pensamientos olvidados de un dios auténtico que busca reprimir sus pecados hacia el hombre. Somos ideas humanizadas del todopoderoso, desechadas en este lugar para recuperar la fuerza verdadera que nos une a nuestro creador.

—¿En qué momento fui un dios? ¿En qué momento fui humana? 

—Los muertos vengativos te han engañado. Quería advertírtelo, pero tú los has liberado.

Terminando de decir aquellas palabras me sostuvo desde la camiseta y me arrojó con fuerza hacia un enorme pozo cercano a nosotras. Caí durante un tiempo interminable mientras percibía la fuerza de mil eones desvaneciéndose de mi ser. Al llegar a su fondo descubrí un campo de cadáveres, todos réplicas exactas de mí, de una misma idea abandonada. ¿A cuántos supuestos dioses uno era capaz de matar? ¿Cuánto tiempo el Gran Creador podría tolerar sus actos cometidos contra la humanidad? La nave por fin logró su escape, ahí los veía, alzándose sobre el cielo. Era la nave que regresaba a los muertos olvidados a un Universo caótico. 


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